Fascículo XIV



Fascículo XIV


         -¡Voy, voy, voooy…! –comenzó a gritar, y notó como sus articulaciones entumecidas le impedían moverse con tanta celeridad como hubiera deseado, pero logró incorporarse y llegar a trompicones hasta la puerta, y cuando consiguió abrirla sus calenturientos ojos contemplaron como flotaban ante él tres sonrientes rostros.
         -¡Hola, por fin! – gritó un agitado coro que en el impulso de su oleaje le dejó pegado contra la pared mientras se adentraba en sus aposentos.
         Tras de cerrar la puerta por puro instinto se volvió hacia sus amigos, que ya se hallaban entretenidos en admirar y loar las multicolores formas esparcidas por doquier.
 

         
         -¡Qué callado te lo tenías! - le reprochaba Paula.
         -Ya compruebo que has aprovechado el tiempo! – evaluaba Julio.
         -Pensábamos que habías desaparecido de la ciudad como un fantasma de la noche que se desvanece sin dejar rastro, pero ya comprobamos que has dedicado tu ausencia a solidificar tus pensamientos en formas con el maravilloso conjuro de tus colores – comentaba Inés.
         -¿Qué hora es? – fue todo cuanto se le ocurrió preguntar a Luis, ausente por completo del conocimiento de las coordenadas espacio-tiempo en que se encontraba.
        - Más o menos son las once de la mañana de un espléndido domingo que estás desaprovechando entre estas paredes monacales – le respondió Julio mientras le daba un cariñoso palmetón en la espalda.
Lo demás ya era elemental, volvía a ser un innominado ciudadano más entre los millones de anónimos humanos que pululaban por la monstruosa capital. Las agujas del reloj de la angustia, tan seguras como las vibraciones de la bios de una computadora que nunca se paran, recobraban su impasible marcha… Se despertaba… Existía… Volvía a ser el mismo con sus costumbres y sus manías.
   -     Perdonad que me vea obligado a trataros de un modo tan poco apacible y hasta descortés… pero estas obras están todavía sin acabar y me es imposible consentir que se vean en este estado – decía interponiéndose entre sus amigos y las pinturas-. Espero que sepáis comprender y disculpar mi forma de actuar pero os aseguro que no puede ser de otro modo.
   -      Pero, ¡bueno! – pretendió alegar Inés.
  - Tal vez sea sólo una manía estúpida, pero ya tendréis ocasión de contemplarlas cuanto os plazca cuando hayan sido concluidas…
   Los otros dos se encogieron de hombros. Paula en algún momento había sido medio novieja suya y le conocía lo bastante bien para saber que sus rarezas y su genio artístico iban a la par, y en cuanto a Julio, si estaba con aquel grupo era porque eran de las pocas personas capaces de aguantarle sus elucubraciones con una sonrisa y de navegar con él por los inciertos océanos de la noche ciudadana hasta que le agotaba el cansancio.
   -Está bien, artista – le dijo – pero deberías salir a tomar el aire.
   -Dadme cinco minutos para asearme un poco y estaré con vosotros, pero mejor me esperáis fuera… en la terraza de la esquina, por ejemplo.
No había apelación posible y optaron por seguir sus indicaciones dirigiéndose hacia la puerta.
   Mientras bajaban las angostas escaleras y hasta que se sentaron en la concurrida y soleada terraza se entremezclaban en la conversación del trío las opiniones sobre las pinturas que habían contemplado y la actitud tan poco amistosa de Luis, pero cuando les sirvieron unas cervezas y el sol les calentó pasaron a hablar de otros temas…

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