Fascículo XI
En
aquel manso recodo de las aguas el alegre murmullo de la serena corriente
tranquilizaba su ánimo. Era el escondite favorito de su grupo de amigos. Allí
compartió el primer cigarrillo, allí recibió el primer beso amoroso que tanto
la estremeció, tuvo por primera vez en su mano un miembro viril erecto….
Aparecían
hoy en su memoria todos aquellos sucesos que le parecieron tan importantes en
su día como cuestiones lejanas, intranscendentes, baldías…
Aquellas
cristalinas aguas también le hicieron meditar por primera vez en el mito del
espejo y en el mundo tan distinto y tan hermoso que debe de existir al otro
lado de su tersa y fría superficie; se agarró el vientre con ambas manos y lo
oprimió con fuerza, sentía la presencia de Luis muy cercana, le tenía casi
pegado a su cuerpo, pero la figura de Luis se encontraba detrás de un espejo, y
su imagen era muy cierta pero absolutamente intangible. Le entraron unos
grandes deseos de llorar, un sentimiento aún más profundo que el llanto, quería
llorar hasta desgarrarse el alma.
Las
salpicaduras que le lanzó una piedra al caer al agua ante ella le impidieron
dar rienda suelta a su desconsuelo. Regresó a la realidad y vio como Julián y
Martín le hacía señas desde la orilla opuesta.
-Por
fin conseguimos dar contigo- saludó Martín.
-Parece
que nos rehúyas – le recriminó Julián.
-¿Qué
hacéis? – respondió a sus saludos componiendo una forzada sonrisa sobre su
rostro al borde del llanto.
-
Todavía nos queda una china del costo que pillamos en la ciudad y no queríamos
disfrutarlo sin que tu también participaras. Más de una docena de veces hemos
estado tentados de fumárnoslo pero hemos reprimido nuestros insolidarios
impulsos, jajajaja – explicó Julián.
Y
sin mediar más palabra saltaron de piedra en piedra hasta llegar junto a ella.
“¿Cómo
no se me habrá ocurrido antes que ellos son idóneos para sacarme de mi
embarazosa situación?”, pensó Pilar como si un rayo de luz iluminase su
cerebro.

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