Fascículo XIII
Allá en la lejana y luminosa ciudad,
Luis, ausente a las cuitas y penas que estaba causando, continuaba entregado
con frenesí a sus pinturas.
Pero
no había olvidado el artista aquella
feliz madrugada, sino antes bien, el recuerdo constante de aquellas horas de
elevación y abandono a los sentidos eran el potente motor que le impulsaba a
entregarse a su obra sin descanso y sin pausa. No sentía el transcurrir del
tiempo, no sentía hambre ni sed, punzándole la sed y el hambre de construir con
los colores y las líneas unas creaciones cada vez más bellas, cada vez más
perfectas.
Antes de que un lienzo quedara
terminado ya se veía obligado a comenzar otro nuevo, tal era el vertiginoso
impulso a que se encontraba sometida su enfebrecida imaginación, que no
consentía que se llegara a asentar una idea concreta sobre la tela cuando ya
otra más fuerte impulsaba al pintor a que afuera reflejada en sus rasgos
fundamentales.
A veces tenía que suspender su tarea a
causa de que algún trazo o alguna masa de color le traían a su mente la estrofa
de una poesía, el fragmento suelto de los acordes de una sonata, la agradable
umb1rura de un pórtico arquitectónico, el majestuoso juego de las luces y
sombras de una escultura, el estribillo de una canción casi olvidada,,,
Rebuscaba entre sus discos, aventaba el polvo de los libros, pasaba páginas y
estampas, removía revistas y apuntes, subía y bajaba la aguja sobre los negros
surcos de un vinilo… Le alcanzaba el sueño mientras leía en un sillón, cuando
se tumbaba sobre la alfombra a revisar antiguos grabados, mientras anotaba en
un trozo de papel cualquiera los símbolos pictóricos en que se transformaban
los arpegios de una sinfonía.
Oía el ring-ring
insidioso de un timbre en la lejanía. ¿De dónde saldría aquel discorde sonido,
qué traidor instrumento se había colado de rondón en aquel inmenso prado donde
los amores de ninfas y donceles eran arrullados por el canto de los frescos
arroyos y el melodioso trino de los ruiseñores?
Tal vez se trataba sólo de alguna
ingrata chicharra. Luego fue un fuerte golpeteo de algo sobre una tabla de
madera y un indiscreto rayo de sol que golpeaba sobre sus párpados cerrados…
Estaba en su estudio, eran sus inacabados cuadros lo que veía, los golpes
provenían de la puerta de la buhardilla.

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