Fascículo XV
Había pasado más
de media hora desde que se sentaron en la terraza y ya comenzaban a dudar de
que el artista cumpliera con la palabra que había empeñado de reunirse con
ellos cuando lo vieron aparecer.
- Ya sé que me vais a reprochar que soy un
energúmeno –se anticipó Luis a cualquier objeción – pero debéis comprender que
lo mismo que las personas las creaciones artísticas tienen su propio pudor y no
gustan de ser contempladas cuando se encuentran en paños menores, jajajaja
- No te preocupes más por eso… y discúlpanos,
lo único que pretendíamos era saber como te encontrabas, y ese objetivo lo
hemos cumplido –habló Paula por los tres.
- Me hacéis sentirme como un amigo ingrato, y
nada está más lejos de mi intención –seguía disculpándose el pintor.
- ¡Vamos ya!, ¿a que andarnos con chorradas y
circunquiloquios? – habló coloquial Julio -, tú eres quien nos debes perdonar
por irrumpir de una forma tan intempestiva en tus quehaceres, y para que se
aleje cualquier nube extraña que pudiera interponerse entre nosotros y
ensombrecer el sol de nuestra cordial amistad vamos a beber otra ronda y a
brindar todos juntos por el arte, la alegría y el compañerismo – y sin más
paliativos llamó al camarero y le pidió una botella fría de espumoso.
- ¿A estas horas? –se sorprendió Paula.
- Cualquier hora es buena para brindar con
burbujas, pero indicadle al camarero que sea sidra, que tiene menos grados de
alcohol – sugirió Inés, más prudente,
- Sidra o cava catalana o madrileña, todo es
lo mismo si lleva dentro la fuerza explosiva de la alegría – no se amilanaba
Julio en sus pretensiones celebrativas.
- Querrás decir gas carbónico –puntualizó
Paula, tan de ciencias.
Luis,
tras de la ducha con agua fría que había tomado cuando le dejaron sus amigos
para tratar de despertarse por completo, y el fornido desayuno que se había
preparado con las pocas reservas que aún le quedaban en la frigorífica, había
recorrido el camino inverso entre la imaginación creativa y la realidad
trivial, ahora se encontraba de nuevo con todo el nivel de la humanidad que
proporcionan setenta kilogramos de peso a cualquier persona que se mueva sobre
la superficie del planeta… Hasta el punto de ser consciente del último orgasmo
físico que disfrutó.
- Sea, con cualquier tipo de bebida con que
lo hagamos también brindaremos por vuestra amiga Pilar – propuso, y pudo
comprobar en los rostros dubitativos de sus colegas que algo no funcionaba bien
-, ¿no la recordáis?




