Fascículo VII



Fascículo VII 

             Un brusco derrapaje del automóvil despertó a Pilar de sus ensoñaciones.
         -¡Nos vas a matar, Mario! – protestaba Carmen.
         -Es que se me pasaba la desviación – se disculpaba éste.
         -Pues está donde siempre – comentaba Julián.
         -Pero está muy mal señalizada, y con la oscuridad casi no se ve la entrada del camino- le defendía Martín.
       -Lo que pasa es que el fumar le ha producido sopor –continuaba Carmen, todavía asustada -, casi nos salimos de la carretera.
       -El coche ha derrapado un poco porque está mal asfaltado este tramo –seguía Martín dándole la razón a su amigo-, se ve que las administraciones locales no disponen de los mismos recursos que el estado.
       -Tranquilidad, ya casi estamos llegando y me encuentro bien –afirmaba Mario.


        La noche ya había caído por completo y, en efecto, la carretera secundaria que llevaba hasta el pueblo estaba muy mal cuidada y llena de baches y grietas.
         -Pues ve con más cuidado y más despacio –seguía Carmen.
        -Tampoco puedo ir muy deprisa porque el coche no da para mucho y los faros no alumbran una mierda… pero es lo que tenemos.
        -Y gracias que te lo haya prestado tu padre, sino no hubiéramos podido realizar este bonito viaje a la ciudad –terció Pilar, ya despierta por completo.
         - En cuanto subamos este repecho ya veremos las luces del pueblo –anunció Mario.
         Era el último tramo boscoso antes de entrar en la planicie de las huertas que rodeaban el pueblo, a la derecha del camino los pinos trepaban por la escarpada ladera y a la izquierda un pequeño declive poblado de matojos y juncos descendía manso hasta el río. Y…
         Entre la hojarasca apareció un magnífico perro pastor de encendido pelaje y buena envergadura que deslumbrado por los faros del coche se quedó parado en medio del asfalto.
      Por la mente de Mario desfilaron mil posibilidades en unas décimas de segundo… frenar con brusquedad, pegarse a los árboles, deslizarse hacia el declive… Optó por la más segura para la integridad física de sus compañeros.
         El bello animal salió volando por los aires y cayó a plomo junto a la cuneta.
  -      ¡Vaya hostia!- exclamó Martín.
  -      ¡Pobre animal! –gimió Carmen.
 Mario ya había terminado de frenar el automóvil, que había perdido velocidad por la inercia del impacto, las piernas le temblaban y continuaba aferrado al volante mientras sus colegas bajaban y se acercaban al estático perro.
 -      No lleva collar – comprobó Julián.
 -      Vagabundeando por estos campos estaba expuesto a que le sucediera algo así en cualquier momento –afirmó Martín.
 -      Era un bonito perro – decía Carmen acariciándole el pelaje.
             -  Ahora es vida sin vida – comentó Pilar tocándose el vientre.

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