Fascículo VI



Fascículo VI

         Mientras Luis iba a preparar la bebida en la cocina Pilar le dio la vuelta a otro de los lienzos. Representaba una especie de catedral etérea, tras de cuyos muros ingrávidos podía apreciarse un verde prado sin límites bajo una atmósfera tan maravillosa como irreal.


-      ¡Qué bello es! – comentó la muchacha cuando le sintió regresar.
-    ¿Te gusta? – preguntó él mientras dejaba en una mesa baja los dos vasos y una jarra de agua patinada de vaho condensado.
-    ¿Dónde existirán esos espacios tan fantásticos?
-   En mi cabeza, en mis sueños, en los sueños de cualquiera, en el inconsciente colectivo, tal vez –le respondió mientras preparaba los brebajes-, me inspiré escuchando “La Catedral Estallada”, de Claude Debussy – y le alargó un vaso.
Pilar lo tomó y cató su contenido.
-      Sabe bien, y está muy fresquito.
El se bebió un buen trago del suyo y  luego prosiguió:
-      Muchas veces he elucubrado con la idea de poder morar en un lugar así. Ves aquel remanso de fresco musgo, sería un lugar ideal para que dos seres se hicieran el amor.
 - Si tu quieres, tu puedes –musitó ella, mirándole a los ojos, y comprendiendo que su frase podía resultar algo atrevida cambio de tema-, ¿te queda algún cigarrillo? –preguntó en voz alta.
-      Sí, debe de haber un paquete casi lleno – le respondió mientras apreciaba el bello fulgor que resplandecía en la mirada de la chica y tanteaba con la mano en busca del paquete bajo un montón de esbozos -, está todo tan revuelto…
   Ella volvió a mirar el cuadro y el pudo emplear también la vista para buscar los cigarrillos.
-      Toma – le ofreció – y también hay mixtos.
   Pasada la disculpa de los cigarrillos sus ojos volvieron a buscarse, como quien espera una respuesta a una pregunta no formulada. Sonreían. La tranquilidad tan profunda que aparentaba la muchacha comenzó a enervarle y encontró en la música un asidero para romper el impás.
-      Si quieres escuchamos la obra que me inspiró el cuadro.
-      Creo que nunca la he oído… sí, me gustaría escucharla.


   Luis, entretenido en colocar el negro disco de vinilo sobre el plato del tocadiscos no apercibió que ella había comenzado a despojarse de las ropas, y cuando levantó la vista hacia ella descubrió su joven y espléndido cuerpo desnudo delante del lienzo. Sus miradas se volvieron a juntar con una expresión de dulzura y deseo sobrepuesto al tiempo que comenzaron a escucharse los primeros acordes de la música.
-¿Seremos capaces? –dudó ella.
- Si tú quieres, tú puedes.
  Entrelazaron sus manos y atravesaron muy despacio la etérea catedral hasta que llegaron a recostarse sobre el mullido lecho de musgo con sus bocas enganchadas en un largo y sentido beso.

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