Fascículo
II
Los atardeceres madrileños tienen un
encanto especial que cautiva tanto a propios como extraños, en particular las
puestas de sol de la ancha franja de occidente por la rivera izquierda del
Manzanares: Casa de Campo, Rosales, Templo de Debod, Universitaria…., con sus
mezclas de rojos vivos, morados de terciopelo e increíbles azules.
Pilar
y sus dos amigos se habían extasiado con el espectáculo natural aquella tarde,
tumbados sobre la fresca hierba que rodea el estanque, mientras fumaban y
conversaban. La belleza del ocaso y el triple cero mezclado con rubio americano
les habían hecho perder la noción del tiempo. La creciente oscuridad les
retorno a la realidad.
-
¿No habíamos quedado con los colegas a las nueve? – preguntó Julián.
-
Sí, en Huertas – afirmó Pilar.
-
Pues ya son pasadas y todavía estamos aquí – apreció Julián.
-
Es igual –dijo Martín haciendo un gesto de asco con la mano -, se está bien
aquí descansando lejos del bullicio de la ciudad.
-
Pero no podemos darles plantón –reconvino Pilar, mientras se levantaba y se
sacudía las briznas de hierba que habían quedado pegadas a su falda.
-
Tal vez Carmen y Mario ya estén con ellos y les amenicen la espera, jajajaja –
rió Julián.
-
Esos sí que le están sacando partido a la pensión, se pasan todo el día en la
cama, jajajaja – le acompañó Martín.
-
¿Os da envidia?
-
Desde luego que no, Carmen no vale gran cosa, ¿no sé como le ha podido sorber
el seso a Mario? – rechazó Martín.
-
¿Quizá porque le sorba muy bien otra cosa?, jejeejeje
-
No voy a dejar que habléis mal de Carmen, es mi mejor amiga y vosotros ¡un par
de estúpidos!
-
Y es muy inteligente, ella ya está en la universidad y nosotros seguimos en el
insti…
-
No tanto si se deja engañar por ese pedo de Mario… -atacó Pilar.
-
¿No negarás que es guapo y cariñoso? – replicó Julián.
-
Todo fachada, y ¡conduce como un culo!
-
Pero maneja, nos trajo y nos llevará…
-
No sé si volveré en tren… pero menos charleta y ¡vamos!
-
Nos esperarán –siguió Martín con el mismo tono que antes -, dijimos a las nueve
por dar una hora indicativa. Además, antes de acudir a la cita, deberíamos
pasar a comprar costo donde el otro día.
-
Entonces: andiamo, razón de más para que no os quedéis ahí plantados como
pasmarotes –les apresuraba Pilar.
-
Vale, tía, pero con calma – dijo Martín mientras desentumecía sus músculos,
agarrotados por el prolongado descanso.
Julián,
ya en pie, meaba contra un árbol.
-
¡Que guarros que sois los tíos! – decía
con enfado la muchacha.
-
¿Por qué? –protestaba Julián-, es muy bueno para las plantas… de alguna forma
hay que demostrar que se es ecologista.
Martín
se desabrochaba la correa del pantalón.
-
¿También, tú?
-
No tía, es que me voy a remeter la camisa, ¡pues vaya una lata!
-
Bueno, pringao, no te pongas así, pero un poquito de prisa que ya se habrán
largado nuestros amigos cuando lleguemos.
-
Podíamos hacer algo más práctico, te adelantas, Pilar, al lugar de la cita y
después vamos nosotros después de pillar la mercancía.
-
De acuerdo… pero ¡en marcha! – aceptó la aludida.
-
Sin prisas, sin prisas….

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