Volvía feliz a su pueblo natal, iba en
compañía de buenos amigos y en su mente revoloteaban los recuerdos de la noche
anterior como retozones y maravillosos pajarillos. Había sido la última noche
de las cortas vacaciones pasadas en la ciudad. Martín acababa de liar un canuto
y ya se lo pasaba a Julián, después la tocaría el turno a ella, mientras el
automóvil continuaba su rauda marcha sobre la carretera nacional.
Se palpó el vientre encima del fino
vestido, sentía que algo nuevo bullía en sus venas. Tomó el porro de manos de
Julián e inhaló una gran calada. Mantuvo la respiración unos segundos y lo
expulsó despacio como en un suspiro. Apreció que tenía un buen sabor…
- Vamos, Pilar, que te duermes – le
advirtió Mario, que conducía el turismo.
- Sólo he chupado una vez – se disculpó la
muchacha.
- Pero, ¡menuda chupada! –comentó Martín,
sonriente.
- Otra más y ya lo paso –propuso Pilar.
Inhaló profundamente y luego se lo ofreció a Carmen.
- No, a mi no me gusta –rechazó la aludida.
- Bueno, pero tómalo y me lo pasas, que se
va a acabar antes de que me llegue –exigió Mario.
- No deberías fumar cuando conduces - le
reprocho Carmen mientras le entregaba el canuto.
- ¡Qué pesada te pones algunas veces!,
anda, entretente en cambiar la música de la casete, que ya nos tienes aburridos
con ese pesado de Serrat. Pon algo más marchoso – y tras de una pausa en que
saboreó el porro, preguntó -¿dónde conseguiste el costo?, es muy bueno.
- Lo pillé anoche en un lugar cercano al
Dos de Mayo – le respondió Martín.
- Te llevaría Pilar, que es toda una
experta en búsquedas de ese tipo, lo olfatea – se rió Mario.
- No, Pilar se nos perdió, seguimos
nuestro propio olfato, -siguió la broma Martín.
- ¡Pero, ¿cómo?!, fuisteis vosotros los
que pasasteis de ir a buscarme, recordad que nos habíamos citado en el pub con
los amigos de Madrid y no aparecisteis por allí en toda la noche. ¡Buen apuro
me hicisteis pasar!
- Toma, Martín, que todavía queda una
calada – ofreció Mario el pucho.
- Y, ¿dónde pasaste la noche? –inquirió
Carmen.
- Con las amigas madrileñas –mintió Pilar,
y el rubor afloró a sus aterciopeladas mejillas. Notaba que algo extraño estaba
sucediendo en su interior, como si el flujo de su sangre tuviera un ritmo
diferente. Sintió un gran alivio cuando Mario provocó el cambio de tema de
conversación volviendo a reclamar que se cambiara la música.
- Ese tío hace cada vez una música más
chunga y más simplona. Pon algo que tenga más marcha, por fa – también pidió
Julián.
- Pues a mi me gusta mucho – afirmó
Carmen.
- ¡Baaaaaahhhh! –corearon los otros.
- Está bieeennnnnn – tuvo que rendirse
Carmen.
Comenzaba
a oscurecer y el sueño, iniciado por el sopor que le producía lo que fumó y
acrecentado por el cansancio de la movida madrugada anterior, venció a Pilar, y
se quedó transpuesta.

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