Fueron
a la crepería y disfrutaron la degustación de sabrosos alimentos que les
pusieron de nuevo las pilas. Saciado su apetito se marcharon a otro pub, pues
la noche les parecía aún corta, y se deleitaron con unos cafés irlandeses
mientras continuaban su charleta, hasta que el cansancio forjó que se fuera
deshaciendo la grata compañía y el grupo fue perdiendo miembros poco a poco…
hasta que se quedaron solos Pilar y Luis.
El
breve arco afilado de la luna que avanzaba hacia su cuarto creciente se asomó súbitamente
sobre los tejados rojos y las buhardillas de una angosta callejuela
sorprendiendo a los muchachos al salir al solitario gris asfalto. Comprendieron
que era la hora de irse a acostar.
-¿Dónde te hospedas? – preguntó el pintor.
-Por Argüelles, en una pensión, con mis
amigos –respondió ella.
-¿Tan lejos?
-No estoy muy al tanto de cómo se comparan
las distancias en una ciudad
tan populosa como ésta.
-Pues queda bastante lejos, y a las horas
que son ya no funciona el metro, aunque siempre se podrá encontrar un método de
transporte para llegar hasta allí. Tengo entendido que durante toda la noche
funcionan unos autobuses que llaman Búhos, jajajajaja… ¿Te esperan?
-No sé siquiera si mis amigos se habrán ido
ya a dormir o si estarán metidos en algún lío. Es muy extraño que no hayan
venido a buscarme. En fin, ya me enteraré,ahora estoy muy cansada para ponerme a pensar…
-Es que andando queda un poco largo, habría
que llegar hasta Callao para bajar luego toda la
Gran Vía y tomar la calle de la Princesa. Si quieres
puedes quedarte a dormir en mi estudio, no es muy amplio pero siempre se podrá
hacer un sitio.
-Gracias por tu ofrecimiento pero no
quisiera causarte molestias, ya encontraré la forma de llegar hasta la pensión.
-No será ninguna molestia, te lo aseguro.
Aunque si es por tener noticias de tus amigos…
-Tampoco creo que ellos me necesiten para
nada, siempre han sabido buscarse la vida por sus propios medios. Algunas veces
siento la sensación de que soy un poco como un estorbo para sus planes.
-Mi oferta de hospitalidad sigue en pie.
-Entonces vamos.
Para
que Madrid sea una ciudad muy bella el barullo de la gente es el único obstáculo.
Los dos jóvenes pudieron comprobar que cuando la riada humana queda atenazada
en la trampa del sueño las callejuelas desiertas dejan contemplar su hermosura
al desnudo, tan sólo estropeada por los múltiples cadáveres de los automóviles
aparcados junto a las aceras.
El
pub era pequeño y acogedor. Música de jazz en el ambiente, indescifrables
cuadros postcubistas colgados en las paredes, cubatas, cervezas y platillos con
panchitos y cascaruja sobre los veladores, parejas magreándose en la oscuridad
de los rincones.
Pilar
se sentía muy a gusto disfrutando de la compañía de aquellos colegas
madrileños, Paula, Inés y Julio, que tenían siempre una charla amena,
interesante y culta. No en vano los tres eran universitarios y estaban muy
interesados por los temas del arte moderno y de la ecología, cuestiones que a
ella también le interesaban mucho.
-
Este próximo curso haré C.O.U., y, si los estudios me van bien, el próximo me
matricularé en Biológicas –explicaba Pilar.
-
¿Tenéis Facultad de esa especialidad en tu ciudad? –le preguntó Inés.
-
No, quizá venga a estudiar aquí, aunque no acaban de convencerme del todo las
ciudades grandes, me abruman con su ajetreo y con tanta gente llenándolo todo.
-
Uno se acostumbra a todo –afirmó Julio, que continuó -,yo en un sitio más
pequeño no podría vivir. Aquí tenemos de todo: cines, teatros, museos, galerías
de exposiciones…
-
Ya, ya –la detuvo Julio -, esas son pequeñas incomodidades ineludibles que trae
aparejada toda concentración de personas…
-
En una sociedad capitalista –puntualizó Inés.
-
Ya apareció tu vena socialista – ironizó Paula.
Y
la charleta continuó por estos y otros parecidos derroteros ante la atenta
escucha de Pilar, que impresionada por los amplios conocimientos de sus amigos
no perdía ripio, hasta que llegó él.
-
Mirad quien aparece –les llamó la atención Paula hacia un muchacho que recién
llegaba-, ¡si pensábamos que te habías desvanecido entre el humo de la ciudad!
-
¡Hola! – saludó Luis dirigiéndose hacia el velador donde estaban sus amigos
junto a una desconocida.
-
¿A qué debemos el honor de tu visita? –ironizó Julio-, ¿Dónde has estado metido?
-
Encerrado en mi estudio, apenas si salgo un instante, me encuentro en un
momento de buenas vibraciones y lo aprovecho a tope.
-
Ya nos enseñarás lo que haces – le retó Inés.
-
Preparo una exposición para finales de otoño, ya tendréis ocasión de verlo todo
junto cuando esté colgado en la sala.
-
Es pintor –explicaba Paula a Pilar-, no os conocíais, ¿verdad?
-
Sólo en aquel momento recayó Luis en la presencia de la desconocida joven. Los
profundos ojos negros del artista se clavaron en los de Pilar, dejándola tan
anonadada que se sintió incapaz de articular palabra alguna cuando se hicieron
las presentaciones.
-
Estamos esperando a unos amigos con los que ha venido desde su pueblo, y que no
acaban de llegar, y son casi las once –comentó Julio.
-
¿Conocen bien la dirección exacta de este antro? – preguntó Luis
-
Sí, ya hemos estado aquí en otra ocasión –recobró la voz Pilar.
-
Entonces ya llegaran más tarde o más temprano – aseguró Luis dejando zanjada la
cuestión - ¿qué bebéis?
Con
una nueva ronda de bebidas sobre el negro y lustroso mármol del velador la
conversación fluía amena y dislocada, brincando del cine a la pintura, de la
poesía a la música y la danza, de la última obra de teatro estrenada en la
capital a un nuevo descubrimiento en la biología marina…
Con
alguna que otra breve interrupción causado por los inoportunos vendedores
ambulantes de flores, revistas o baratijas, acabó por centrarse en la ambigua
identidad de las personas.
-
En realidad, soy yo el que habla y bebe –decía Julio levantando la mano en que
sostenía su tercer cubata de la noche -, o soy tan sólo una imagen irreal de mi
auténtica conciencia que recrea vuestro pensamiento.
-
¿Los espejos de Platón? –indagó Paula
-
No pensaba en la filosofía –reconoció Julio-, me refería a Unamuno, a Ionesco,
a la ficción realidad de la literatura.
-
¿Quieres con eso decir que existe la posibilidad de que seas una creación
poética de nuestra mente?. No deja de ser una solemne tontería, si me permites
la expresión. Tal vez pudiera darse esa fantasía si nos encontráramos a solas,
uno habla a veces con un ser inexistente que forja su mente, pero aquí estamos
reunidos varias personas que te conocemos de antes, están los camareros, están
varios clientes habituales del local que te han visto en varias ocasiones y con
los que seguro que alguna vez has entablado conversación. La imaginación no se
comparte – terminó su alegación Paula,
-
Por desgracia –comentó Luis -, sería maravilloso que muchas personas pudiéramos
soñar lo mismo a la vez, si es verdad que se vive como sueña, es decir, solos,
sería la solución para acabar con la soledad entre las personas.
-
Pero, ¿adónde queréis llegar?, eso es hablar por hablar, la ciencia está por
encima de todas esas paparruchas –intervino la sensata Inés.
-
Ni tan siquiera de poder cuantificar los sufrimientos y los placeres, a pesar
de los ímprobos esfuerzos llevados a cabo por el sicoanalista Wilhem Reich en
sus estudios sobre el orgón – y Luis aprovechó la ocasión que se le presentaba
para hacer una sucinta exposición de los trabajos y descubrimientos del casi
desconocido sabio austriaco, que sonaba magnífica a los oídos de sus amigos
mezclada con los sutiles arpegios del clarinete de Benny Goodman. Que en
aquellos momentos surgían en ráfagas intermitentes por los altavoces del local.
En
tanto que las manecillas del reloj proseguían su implacable curso dextrógiro, y
de Julián y Martín ni rastro.
-
Está claro que ya no van a venir, y yo me estoy muriendo de hambre –exageró
Inés.
-
También estoy notando como un vacío en el estómago – dijo Paula.
-
Podríamos ir a picar algo a la crepería –sugirió Julio.
-
No sé que les habrá podido pasar a estos chicos – especulaba Pilar.
-
Si es que se fueron en busca de mercancía, como nos has contado, es posible que
la estén disfrutando con alguna amistad que se hayan encontrado por el camino
–sugirió Paula.
-
A lo peor han tenido algún problema con la pasma – se inquietó Pilar sintiendo
un escalofrío.
-
¡Eah!, no te preocupes en vano ni hagas falsas especulaciones, cada cual se va
montando la noche como le viene, y nosotros vamos ahora a buscar alguna
apetitosa vianda – la reconfortaba Inés, que seguía hambrienta.
Los atardeceres madrileños tienen un
encanto especial que cautiva tanto a propios como extraños, en particular las
puestas de sol de la ancha franja de occidente por la rivera izquierda del
Manzanares: Casa de Campo, Rosales, Templo de Debod, Universitaria…., con sus
mezclas de rojos vivos, morados de terciopelo e increíbles azules.
Pilar
y sus dos amigos se habían extasiado con el espectáculo natural aquella tarde,
tumbados sobre la fresca hierba que rodea el estanque, mientras fumaban y
conversaban. La belleza del ocaso y el triple cero mezclado con rubio americano
les habían hecho perder la noción del tiempo. La creciente oscuridad les
retorno a la realidad.
-
¿No habíamos quedado con los colegas a las nueve? – preguntó Julián.
-
Sí, en Huertas – afirmó Pilar.
-
Pues ya son pasadas y todavía estamos aquí – apreció Julián.
-
Es igual –dijo Martín haciendo un gesto de asco con la mano -, se está bien
aquí descansando lejos del bullicio de la ciudad.
-
Pero no podemos darles plantón –reconvino Pilar, mientras se levantaba y se
sacudía las briznas de hierba que habían quedado pegadas a su falda.
-
Tal vez Carmen y Mario ya estén con ellos y les amenicen la espera, jajajaja –
rió Julián.
-
Esos sí que le están sacando partido a la pensión, se pasan todo el día en la
cama, jajajaja – le acompañó Martín.
-
¿Os da envidia?
-
Desde luego que no, Carmen no vale gran cosa, ¿no sé como le ha podido sorber
el seso a Mario? – rechazó Martín.
-
¿Quizá porque le sorba muy bien otra cosa?, jejeejeje
-
No voy a dejar que habléis mal de Carmen, es mi mejor amiga y vosotros ¡un par
de estúpidos!
-
Y es muy inteligente, ella ya está en la universidad y nosotros seguimos en el
insti…
-
No tanto si se deja engañar por ese pedo de Mario… -atacó Pilar.
-
¿No negarás que es guapo y cariñoso? – replicó Julián.
-
Todo fachada, y ¡conduce como un culo!
-
Pero maneja, nos trajo y nos llevará…
-
No sé si volveré en tren… pero menos charleta y ¡vamos!
-
Nos esperarán –siguió Martín con el mismo tono que antes -, dijimos a las nueve
por dar una hora indicativa. Además, antes de acudir a la cita, deberíamos
pasar a comprar costo donde el otro día.
-
Entonces: andiamo, razón de más para que no os quedéis ahí plantados como
pasmarotes –les apresuraba Pilar.
-
Vale, tía, pero con calma – dijo Martín mientras desentumecía sus músculos,
agarrotados por el prolongado descanso.
Julián,
ya en pie, meaba contra un árbol.
-
¡Que guarros que sois lostíos! – decía
con enfado la muchacha.
-
¿Por qué? –protestaba Julián-, es muy bueno para las plantas… de alguna forma
hay que demostrar que se es ecologista.
Martín
se desabrochaba la correa del pantalón.
-
¿También, tú?
-
No tía, es que me voy a remeter la camisa, ¡pues vaya una lata!
-
Bueno, pringao, no te pongas así, pero un poquito de prisa que ya se habrán
largado nuestros amigos cuando lleguemos.
-
Podíamos hacer algo más práctico, te adelantas, Pilar, al lugar de la cita y
después vamos nosotros después de pillar la mercancía.
-
De acuerdo… pero ¡en marcha! – aceptó la aludida.